MARCO TEÓRICO BÁSICO
POR EL DR. GABRIEL ZANOTTI 14.7.05

La consistencia es un concepto desarrollado por el Dr. Adolfo Critto, con la preocupación de brindar una salida teórico-práctica a las angustias del hombre contemporáneo.

No se trata de ninguna receta de new age, ni esotérica ni mágica. Al contrario, se trata de lo mejor de las tradiciones filosóficas occidentales, presentadas como un claves de “sentido” en un mundo contemporáneo fragmentado y confundido. La consistencia recata y renueva tres nociones básicas: orden, coherencia, unidad.

Ello se despliega en tres ámbitos: científico, filosófico y práctico-cotidiano.
En el plano científico, el presupuesto de un orden en el universo impulsa a buscar explicaciones coherentes a fenómenos problemáticos. Esas explicaciones implican hipótesis que “dan sentido”, con una tendencia asintótica a la unidad y la simplicidad en la explicación. La coherencia implica el despliegue de sus consecuencias empíricas, y el testeo de las mismas en contextos experimentales adecuados. En ciencias sociales –una de las principales especializaciones de Adolfo Critto-, una adecuada concepción del hombre cubre la brecha del límite a la experimentación por la presencia de la libertad.
El plano científico es uno de los principales logros de la cultura occidental. A pasar de los abusos de una ideología cientificista, la ciencia, en sì misma, es uno de los principales despliegues de la consistencia, y es aun un lugar cultural donde el hombre actual ve coherencia y unidad. Es importante presentar a la ciencia no como el lugar privativo de la consistencia, de la coherencia de vida y de sentido, sino como una manifestación cultural privilegiada de esas características, y de ese modo, camino de acceso a otras formas de racionalidad y de sentido. La ciencia es para el hombre actual un punto de partida más que un punto de llegada.
Precisamente por eso, la consistencia sigue su camino en la racionalidad filosófica. La filosofía se pregunta por los fundamentos últimos de aquello que la ciencia ve mediante sus manifestaciones empíricas más inmediatas. Por ello la filosofía tiene un punto básico de meditación y de llegada: la noción de la unidad, la causa última y fundante que da coherencia y sentido al universo conocido por la ciencia. Esa unidad es Dios. Dios, como causa primera de todo lo existente, tiene un lugar privilegiado de expresión: el hombre. Por eso la consistencia de lo Uno se despliega a todos: creyentes y no creyentes. El creyente conoce a Dios por la revelación de su religión; el no creyente puede acceder a Dios como la coherencia, el sentido final de ese universo coherente que conoce a través de la ciencia. Pero ambos –creyente y no creyente- escuchan la voz de Dios cuando buscan las respuestas básicas y finales a las preguntas más importantes de su existencia: el sentido de la vida, el destino final, el lugar del sufrimiento.
Por eso, la filosofía de la consistencia es directamente existencial y, en ese sentido, es una respuesta práctica a las angustias del hombre actual. El hombre actual se angustia por una descompensación teorética entre su vida práctica y sus inquietudes más profundas; la consistencia es un llamado a la coherencia que lo obliga a salir de esa encrucijada. Un ser humano puede estar viajando en una ruta en un automóvil que funcione magníficamente bien. Si el hombre se queda sólo con la ciencia, y nada más que con la ciencia, sabrá cómo funciona el automóvil, cómo manejarlo, cómo repararlo. La consistencia, contrariamente a ciertos paradigmas apocalípticos actuales, no le rechaza negativamente ese planto de análisis, sino que, como se dijo desde el principio, adopta ante la ciencia y sus logros técnicos una mirada esencialmente positiva, como una manifestación privilegiada de la coherencia del universo mismo. Simplemente, la consistencia exhorta al ser humano a ir más allá, a enfrentar con valentía las preguntas que siguen. ¿Por qué estoy en este automóvil? ¿De dónde salí? ¿A dónde voy? ¿Cuál es mi papel en la ruta? ¿Cuál debe ser la relación con los otros automóviles? Un viaje en auto sin sentido sería aquel donde esas preguntas no estuvieran contestadas. Si comparamos a la ruta con el camino de la existencia humana, vemos que la vida humana es muchas veces un sin sentido porque esas preguntas siguen sin respuesta: estamos en camino, pero no sabemos por que, ni de dónde, ni hacia dónde. La consistencia implica adoptar ante la propia vida las preguntas de sentido que también hacemos ante el universo físico (la ciencia), pero entonces, enfocadas sobre la propia existencia (la vida y la relación con el prójimo) surge la filosofía como la instancia apropiada de respuesta. Una vida “consistente” es una vida humana que ve en Dios su sentido último y proyecta ese sentido, unitariamente, a una relación adecuada con el prójimo y con el cosmos, viendo en cada problema una oportunidad para seguir aplicando el mismo criterio de consistencia. De ese modo, la consistencia no es un dogma cerrado, sino un modo básico de enfocar la existencia humana que se abre y despliega ante cada instancia de sentido.

Dar sentido a la existencia, ver unitaria y coherentemente a la ciencia, la sociedad, el prójimo: he allí la tarea de la consistencia. Sacar al hombre de la angustia paralizante y ponerlo en camino, sabiendo dónde va.